Acabo de vivir el momento más patético de mi reciente historia. He entrado a casa y no he visto ninguna luz encendida. “Ya estarán todos durmiendo”. Pero no, algunos aún no descansaban, como el simpático roedor (por no llamarle PUTO RATÓN) que se ha colado en mi casa esta mañana. Si pensáis que este blog lo escribe un hombre que se habrá armado de valor y de escoba para matarlo, os equivocáis: me he subido a la silla, como una nenaza, y he estado 30 minutos (de reloj) paralizado.
Pero aquí no termina la cosa. Mientras me temblaban las piernas en las alturas, ha entrado por la puerta de la terraza lo que viene siendo un saltamontes-tocapelotas. Bien, la ley de Murphy sí funciona. Evitaré contar las peripecias que he hecho para matarlo, sólo diré que el armario de mi baño hoy ha perdido una de sus toallas…
¿Y para qué os cuento esto? Dicen que el primer paso para afrontar un problema es asumirlo, y lo asumo: soy un gay con fobia a todo aquello que corra/salte/vuele y cuyo tamaño no supere los 10 cm. Un gay tirando a maricona. Si se lo contase a mis amigos, ellos que me tienen por un gay varonil y sin pluma…
En otro orden de cosas, dentro de 4 horas marcho hacia tierras inglesas: ¡Londres me espera! Si soy capaz de prepararme la maleta, porque tengo que plancharme la ropa y, otro punto para Murphy, el cuarto de la plancha ha sido la nueva ubicación escogida por mi nuevo amigo, el ratón. Tampoco me mirarán mal si voy con tanga por Picadilly, ¿no?
Sólo quería compartirlo con vosotros
Hace 10 años