lunes, 11 de mayo de 2009

·Mi obsesión·

En las noches de insomnio, me pesas en el pecho. Me dueles, príncipe. Me dueles y me haces llorar…

Disfrazo mi obsesión con sonrisas de aceptación. Pero miento cuando digo que no te amo, que no te necesito, que no sueño con tu presencia. Soy el hombre que se retuerce de celos cuando te ve con él. El que sonríe cuando, ilusionado, me cuentas cosas de él que te fascinan, aunque ansíe ponerme a llorar. Y tú lo sabes. Seguramente crees que soy lo suficientemente maduro como para saber que lo nuestro no va a ninguna parte. Yo también creía serlo. Incluso jugaba a que te lo creyeras. Intenté camuflar mis pretensiones cuando compartíamos cama y tú no veías en mí al hombre de tu vida. “Sé que lo nuestro no puede ser” decía mi boca, que pronto se sellaba, impidiendo que brotaran declaraciones fuera de lugar.

Te encanta seducirme. Seguimos acostándonos uno al lado del otro. Y sí, soy el hombre más feliz del mundo cuando me siento arropado por ti. No hay sensación equiparable a la que me produce el golpe de tu aliento en mi nuca. Un cosquilleo de placer recorre mi piel, de arriba abajo. Sueño con que ese suspiro son tus manos, que me envuelven, me hacen tuyo toda la noche, me encubren con tu savia protectora. Me aferro a tus brazos, fuertes como robles, suaves, aterciopelados, y siento que nada puede perturbar mi felicidad. Navego entre el placer y el deber, dibujando en mi pensamiento aquello que deseo. Tus labios acariciando los míos, fundiéndose en un beso embelesador, capaz de parar el tiempo.

Sin embargo, soy consciente de lo efímero de la situación. No me perteneces, aunque juegues a hacérmelo creer. Sé que sólo veías en nuestros acercamientos un divertimento pasajero. Un amante furtivo a tu disponibilidad. También sé que te sorprendió conocerme, quizás nunca te habías planteado tener una relación con alguien tan joven y con las ideas tan claras (o eso intento pensar para consolarme). Pero te he perdido. Te he ganado como amigo. Pero te he perdido como te necesito.

Intento, patéticamente, conocer a nuevos pretendientes. Ni decir cabe que ninguno puede hacerte sombra. Intento, incluso, entregar mi intimidad a chicos, aún a sabiendas de lo poco importantes que van a ser para mí. Cabalgo ferozmente en camas ajenas y no pienso en nadie, tampoco en ti. Sólo gimo y grito intentando exhalar la impotencia que me produce mi frustración. Parece que el amor se me resiste. O que yo me resisto al amor. ¿O serás tú, que has puesto el listón muy alto?