Hace unos días comenté que me había enfadado con Principito. La discusión ya se arregló en su momento y se tomó una decisión: íbamos a dejarnos de ver por un tiempo. Era, a mi parecer, lo más coherente para ambos: un tiempo para desengancharnos el uno del otro y aclarar sentimientos. Él aceptó, después de unas cuantas vacilaciones. Yo me deshice el nudo del estómago y apechugué.
2 días después, sin embargo, esta vida me volvió a sorprender. Su novio, J, que hace unos meses me odiaba y “se sentía inferior a mí” ahora me encuentra “realmente atractivo” y le ha propuesto que haga un trío con ellos. Justo 48 horas después de decirle que necesitaba desenamorarme de él, que lo pasaba mal cuando lo veía con otro, Principito me propone un trío con su novio… Bien, Principito, premio al oportunismo, a la sensibilidad y a la metedura de pata más grande. A veces, unas cremalleras en la boca solucionarían muchas cosas…

Dejando de lado estos desafortunados acontecimientos, acabo de llegar de una cena con mis compañeros de natación, después de un día entero conociendo a Pezón. Un día agradable. Un chico majo. Y una voz bonita. Pero no me termina de convencer...

